Érase una vez, en una tierra de mares resplandecientes y arenas doradas, un humilde pescador y su esposa. Cada día, el pescador echaba la red con la esperanza de tener suerte. Pero un día extraordinario, pescó algo mágico: ¡una platija parlante, reluciente como mil diamantes!

«Por favor, amable pescador», dijo la platija con una voz como el susurro del océano, «¡no soy un pez cualquiera, sino un príncipe encantado! Perdóname y te concederé el deseo de tu corazón».

El pescador, bondadoso y asombrado, soltó la platija sin rechistar. Corrió a casa para compartir esta maravillosa historia con su esposa. Pero, ¡oh, los ojos de su mujer brillaban de codicia!

«¡Vuelve! Pide un deseo!», exclamó. Entonces, el pescador volvió al mar, que susurraba y silbaba, llamando a la platija mágica.

«Querida platija», dijo humildemente, «mi mujer desea una casita acogedora».

«¡Concedido!», atronó la platija, y en un abrir y cerrar de ojos, su vieja choza se transformó en una preciosa casita. Pero el deseo de la esposa se hizo más salvaje. Ahora quería un gran castillo, ser reina y luego emperadora. Cada deseo era más grande que el anterior, y cada vez, el pescador, con el corazón encogido, le pedía a la platija.

El mar rugía y se enfurecía con cada deseo, como si advirtiera la tormenta de la codicia. Finalmente, la esposa exigió lo imposible: llegar a ser como Dios. El pescador, tembloroso, pidió este último y fatídico deseo.

La voz del flotador tronó: «¡Basta! Tu codicia no tiene límites». Y en un instante, todo desapareció: el castillo, las riquezas, ¡todo se esfumó! El pescador y su mujer volvieron a su humilde choza, igual que antes, sin nada más que el uno al otro y la lección que habían aprendido.

Así que, queridos hijos, recordad esto: Sean agradecidos por lo que tienen, porque la codicia puede barrer todos sus tesoros, dejándoles nada más que arrepentimientos. La satisfacción es la mayor riqueza que se puede poseer.

Moraleja: Sé agradecido, no codicioso; atesora lo que tienes.

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